Thursday, March 11, 2021

Gobernantes Muiscas – Los Zipas

En este post se complementa el relato acerca del Gobierno de los Muiscas, publicado en el blog Suesca Linda el 12 de febrero de 2012, con una narración acerca de la vida y realizaciones de cada uno de los Zipas que gobernaron la comunidad muisca de Bacatá. Posteriormente, se publicará un post complementario acerca de los Zaques, quienes gobernaron la comunidad muisca de Tunja.

 

Para lograr un mayor grado de comprensión acerca de esta civilización, se recomienda complementar la lectura de este post, con dos post anteriores publicados en este blog, que son muy relacionados: Historia breve de los Muiscas, publicado en mayo 13 de 2019, y Conquista del interior del país, publicado en febrero 6 de 2021.

 

1.     Primer Zipazgo

 

En una primera etapa de la civilización muisca hubo una serie de enfrentamientos entre cacicazgos, y con el fín de pacificar la región donde habitaban (altiplano cundiboyacense) se hizo un consenso entre los dirigentes muiscas para elegir a un jefe supremo que los gobernara a todos. Resultó elegido Hunzahúa, oriundo de Ramiriquí, de quien tomó nombre la confederación, que se llamó Hunza. El jefe supremo tomó el nombre de Zaque (‘señor-grande’, lo mismo que significaba Zipa entre la comunidad de Bacatá). El Zaque ejerció el control sobre las tierras que van desde el río Chicamocha hasta los Sutagaos, y desde las vertientes de los llanos de San Juan hasta las fronteras de los panches y los muzos, incluyendo la tierra de Vélez. A continuación puede verse en el mapa la repartición del territorio muisca en tres grandes provincias o zonas: la de los zipas, la de los zaques, y una zona intermedia de las tribus independientes.



 

La unidad instaurada permitió unificar el idioma y la religión de los muiscas, y solo fue rota a fines del siglo XV por el zipa Saguanmachica, en tiempos del zaque Michua, a raíz de las diferencias que tuvo con el cacique de Guatavita, como se verá más adelante. Según el historiador Guillermo Hernández Rodriguez (3) los muiscas conformaron una confederación, que no es comparable al imperio Azteca o al imperio Inca, aunque fueron pueblos contemporáneos, ya que “los muiscas no sometieron pueblos no-muiscas a su régimen politico”.  Dentro de este contexto, cada comunidad estaba regida por su jefe o cacique, tenía su autonomía y se sentían parte de su confederación. 

 

Zipa era el título de nobleza dado por los muiscas al gobernante supremo del Zipazgo, una de las divisiones administrativas más importantes de la Confederación Muisca. Se suele utilizar la expresión "Zipa de Bacatá", para significar que la sede de gobierno del Zipazgo se encontraba en Funza, que era la capital de la provincia de Bacatá, y abarcaba gran parte de la Sabana de Bogotá. El Zipa era considerado descendiente de la diosa Chía (la Luna), de la misma manera que el Zaque era considerado descendiente de Sue (el Sol). El Zipa tenía autoridad absoluta sobre el gobierno del Zipazgo: a su cargo estaba la dirección administrativa, el mando del ejército, la creación, reforma y aplicación de las leyes, y buena parte de los asuntos religiosos. 

 


El trono del Zipa era hereditario, pero el sistema de sucesión no era patrilineal, sino matrilineal; es decir, que quien heredaba el trono no era el hijo del anterior Zipa, sino su sobrino, hijo de su hermana, o de la mayor de sus hermanas. En caso de que, por alguna razón, no fuera posible que el sobrino del Zipa heredara el trono, los que seguían en la línea sucesoria eran los hermanos y los hijos del Zipa, en ese orden; de lo contrario, los hijos heredaban solamente los bienes muebles de su padre. La razón por la que el sucesor fuera el sobrino, era porque entre los muiscas existía la práctica de la poligamia, de modo que cada hombre podía tener el número de esposas o consortes que fuera capaz de mantener; por lo que la única forma de asegurar que el heredero fuera de la misma sangre que su padre era que fuera el hijo de su hermana.

 

Meicuchuca fue el primer Zipa del que se tenga registro, quien gobernó el Zipazgo de Bacatá, una de las partes integrantes de la Confederación Muisca, entre 1450 y 1470. Sucedió en el trono a su tío, Menquetá, y fue sucedido por su sobrino Saguanmanchica, de acuerdo con la tradición muisca de sucesión matrilineal.

 


 

2.     Segundo Zipazgo

 

Saguamanchica, fue el segundo Zipa de Bacatá, aunque se le suele considerar como el primer Zipa histórico, ya que los datos sobre su vida son mucho más abundantes que los de su predecesor, Meicuchuca. Saguamanchica gobernó durante aproximadamente veinte años, desde 1470 hasta su muerte, acaecida en 1490. Su gobierno se caracterizó por la expansión territorial del Zipazgo, al que se le agregó la provincia de Fusagasugá mediante conquista militar. Saguamanchica libró continuas batallas contra enemigos externos (los panches y los sutagaos), y contra los rivales al interior de la Confederación (el Zaque Michua y los caciques rebeldes al interior del Zipazgo). Siendo príncipe heredero, Saguamanchica había participado activamente en varias batallas contra los panches, acérrimos enemigos de los muiscas. Al ascender al trono del Zipazgo, habiendo heredado riquezas considerables y el mando de treinta mil guechas (guerreros muiscas), se propuso expandir el territorio bajo su dominio, consolidar su poder y someter a los pueblos enemigos. 



Las principales batallas que enfrentó en su calidad de Zipa fueron:

 

-      La Batalla de Pasca

Hacia el año 1470, poco después de su entronización, Saguamanchica decidió atacar a los sutagaos (llamados también fusagasugaes), quienes eran liderados por el cacique Fusagasugá. Los sutagaos, asentados en aquel momento en la frontera sur de los dominios del Zipa, pertenecían a la familia de los pueblos chibchas, pero vivían de manera independiente, bajo un gobierno autónomo y neutral, por fuera de la Confederación Muisca. Con la idea de someter a los sutagaos a su dominio, Saguamanchica partió al mando de treinta mil guechas, atravesó el páramo de Fusungá, y al cabo de pocos días llegó a Pasca, donde halló una pequeña resistencia de hombres fieles a Fusagasugá, a los que el Zipa sometió en menos de doce horas. Una vez sometida la población de Pasca, integrada principalmente por la etnia de los chiaizaques, el ejército del Zipa avanzó hasta llegar a una colina donde las tropas de Fusagasugá se estaban preparando para la batalla. La colina estaba rodeada por un lado por un monte escarpado, y por otro lado por un profundo abismo que descendía hasta el cause del río Pasca; desde allí se extendían los dominios de Fusagasugá hasta el río Subía. 

 

Saguamanchica, viendo que las características del terreno le favorecían, decidió acampar frente al enemigo y enviar, durante la noche, a dos mil guechas, al mando de un psihipqua (príncipe de sangre), para que subiesen con sigilo por la cumbre escarpada y ocupasen la retaguardia de los sutagaos, a fin de que al día siguiente atacasen al mismo tiempo. Al amanecer, y luego de una señal convenida, se inició el ataque contra el ejército de Fusagasugá, tanto de frente como por la retaguardia.  Los gritos de alarma dados por los centinelas del ejército de Fusagasugá al darse cuenta de la arremetida de los invasores por la retaguardia, hicieron que se difundiera la confusión primero, y el pánico después entre los sutagaos, lo que favoreció el rápido avance de los bacataes. Entre tanto, muchos de los fusagasugaes, presas de la confusión, abandonaron las armas y huyeron al monte. 



Al final de la jornada, fue capturado el general que comandaba los ejércitos de Fusagasugá, llamado Uzatama, cacique de Tibacuy, quien habiendo peleado al lado del cacique Fusagasugá, resultó gravemente herido por un macanazo. Éste aconsejó al cacique de Fusagasugá, del que era el principal confidente, que se rindiera, como en efecto lo hizo, aceptando desde entonces el señorío del Zipa sobre la tierra de Fusagasugá. Su autoridad como cacique le fue restituida a condición de rendir tributo y vasallaje a su nuevo señor, el Zipa de Bacatá, bajo juramento ante Sua, dios del Sol. Enseguida el Zipa hizo un reconocimiento de los nuevos territorios sometidos, y partió de regreso a la Corte de Bacatá, donde celebró el triunfo con sacrificios a los dioses y varios meses de fiestas.

 

-      Primera rebelión de Guatavita

Tiempo después de finalizada la Batalla de Pasca, el Cacique de Guatavita se rebeló contra el Zipa, pues consideraba que el poderío de Guatavita no era inferior al de Bacatá, y que Saguamanchica estaba asumiendo una actitud autoritaria que Guatavita no estaba dispuesto a soportar; entonces declaró la guerra y partió con su ejército con la intención de invadir Funza, capital del zipazgo. Sin embargo, Saguamanchica no sólo resistió el ataque, sino que persiguió al cacique Guatavita de regreso a sus dominios, que fueron invadidos por el Zipa. Guatavita sufrió dos derrotas importantes durante ese tiempo, por lo que el cacique Guatavita decidió pedirle ayuda al Zaque Michuá, puesto que hasta entonces se consideraba que incluso el Zipa debía someterse a la autoridad del Zaque. Al enterarse el Zaque de lo ocurrido, envió un emisario a Saguamanchica con el mensaje de que se presentara de inmediato en Hunza, capital del zacazgo, para que rindiera cuentas de su conducta. Saguamanchica se burló abiertamente del mensaje enviado por el Zaque, e incluso maltrató al emisario. Cuando el Zaque se enteró de lo ocurrido, formó un ejército de cuarenta mil guechas y se dirigió a Bacatá; sin embargo, al enterarse de que el Zipa estaba reuniendo un ejército aún más numeroso, apoyado principalmente por el Cacique de Sopó, Michuá decidió dar media vuelta y regresar a Hunza, renunciando de este modo a dar la batalla.

 

-      Rebelión de Ubaque

Saguamanchica aprovechó el hecho de que la batalla contra Hunza no tuvo lugar, y de haber reunido a un ejército numeroso, para someter al cacique de Ubaque que había roto su antigua sujeción al Zipa y pretendía aliarse con Michuá; además había atacado los uta o poblados de Pasca y Usme. Entonces el Zipa se dirigió al encuentro del Ubaque, atravesando las tierras de Chipaque y Une, y lo halló desprevenido. Sin embargo, éste logró escapar a un peñón de muy difícil acceso con todas sus riquezas, con el fin de que el Zipa no se apoderara de ellas. Desalentado por la imposibilidad de capturar rápidamente al Ubaque, el Zipa tuvo que regresar a Bacatá ante las noticias que un mensajero le había llevado de una segunda rebelión de Guatavita, y de una invasión de los panches.



 

-      Segunda rebelión de Guatavita e invasión de los panches

Las noticias del mensajero que había llegado hasta el sitio donde acampaba el Zipa, referían que los panches se habían apoderado de Zipacón y Tena, mientras que, al mismo tiempo, el Cacique de Guatavita había invadido Chía y Cajicá, ayudado por tropas enviadas por el Zaque. Saguamanchica tuvo que abandonar el asedio contra Ubaque y partir de inmediato para intentar solucionar los nuevos problemas que se le presentaban. Saguamanchica decidió entonces dividir su ejército en dos cuerpos para luchar simultáneamente contra los dos focos de conflicto. Sin embargo, la expulsión de los panches no fue posible sino hasta después de dieciséis años de continuas batallas. Cuando hubo pacificado estas provincias, el Zipa juntó todo su ejército en Sopó, donde logró reunir un total de cincuenta mil guechas, con los que se dirigió hacia Guatavita, donde el cacique no pudo ofrecer ninguna resistencia ante la superioridad de su enemigo. Alentado por esta victoria, el Zipa retomó su idea de combatir al Zaque, y se dirigió de inmediato a Hunza.

 

-      Batalla de Chocontá

Michuá, enterado de la marcha de Saguamanchica en su contra, reunió por su parte a sesenta mil guechas y acudió al encuentro de su adversario. Los dos ejércitos se encontraron por fin en los campos de Chocontá. Al poblado habían llegado poco antes las tropas del Zaque, que aprovecharon para descansar y abastecerse. El combate se prolongó por tres horas y fue particularmente sangriento. Al final de la batalla ganaron las tropas del Zipa, pero los líderes de ambos bandos murieron, aunque Saguamanchica alcanzó a ver la victoria de su ejército; a su muerte le sucedió su sobrino, Nemequene, que en ese momento era general de los ejércitos del Zipa.



3.     Tercer Zipazgo

 

Nemequene, fue un Zipa de Bacatá que gobernó durante veinticuatro años, desde 1490 hasta su muerte en 1514. Fue considerado como el mayor legislador de los muiscas, después de Bochica. Creó una serie de normas legales, conocida como el Código de Nemequene, las cuales estuvieron vigentes hasta un tiempo después de la conquista española. Recién entronizado, Nemequene convocó a un concejo de Uzaques (nobles de sangre pura), para nombrar a su sobrino Tisquesusa, como príncipe heredero y general de los ejércitos. Nemequene confió a Tisquesusa el mando de cuarenta mil guechas (guerreros muiscas), con la misión de someter a los sutagaos, que al enterarse de la muerte de Saguamanchica se habían sublevado con el ánimo de recuperar su independencia y liberarse del yugo del Zipazgo. Encomendada esta misión, Nemequene se ocupó de reunir otro ejército para hacer frente a nuevas invasiones de los panches, quienes también se habían sublevado al enterarse de la muerte de Saguamanchica.



-      Sometimiento de Zipaquirá

El cacique de Zipaquirá, alentado por los caciques de Guatavita y de Ubaté, decidió aprovechar las difíciles condiciones del comienzo del reinado de Nemequene para declararle la guerra al nuevo Zipa. Entre tanto Nemequene, enterado de la rebelión, decidió adelantarse a su enemigo y salirle al encuentro, al mando de dieciséis mil guechas. Los dos ejércitos se encontraron entre Chía y Cajicá, donde las tropas de Bacatá vencieron a las de Zipaquirá. De inmediato Nemequene regresó a Funza, capital del Zipazgo, donde entró al tiempo con Tisquesusa, quien volvía triunfante luego de haber vencido y sometido a los sutagaos.

 

-      Sometimiento de los sutagaos

El príncipe heredero, Tisquesusa, había partido al mando de cuarenta mil guechas, con los que marchó por la senda entre Tibacuy y Pasca para atacar a los sutagaos, mientras, en otro frente, los enviados de Nemequene fortificaban y guarnicionaban las fronteras con los panches. El Cacique Fusagasugá, al enterarse de la cercanía de Tisquesusa, intentó huir, dejando a su ejército desorganizado; sin embargo, Tisquesusa lo capturó y lo ejecutó en el acto. Luego, dejó en Tibacuy una guarnición de guechas y partió para Bacatá con un inmenso botín.

 

-      Sometimiento de Guatavita

Ante las continuas rebeliones de Guatavita, que se remontaban al reinado de Saguamanchica, Nemequene ideó una estratagema para lograr un sometimiento definitivo de ese rival. Guatavita era una región reconocida por poseer los mejores orfebres, por lo que de todas partes de la confederación Muisca se solicitaban los servicios de estos artesanos. Sin embargo, para evitar el despoblamiento, Guatavita tenía una política migratoria que consistía en que por cada artesano orfebre que enviara a otra región, el solicitante debía retribuir a Guatavita enviando a dos de sus habitantes. En vista de esto, Nemequene comenzó a solicitar, poco a poco, que le fueran enviados orfebres de Guatavita a Funza, pero en lugar de retribuir con habitantes comunes, enviaba guechas (guerreros muiscas) infiltrados. Para esto, Nemequene se ganó la complicidad del Cacique de Guasca, quien en principio era aliado de Guatavita. Cuando Nemequene consideró que en Guatavita había suficientes guechas suyos infiltrados, se dirigió con sigilo, acompañado por un pequeño ejército, y una noche, haciendo señas con fuego a los que estaban dentro del cercado de Guatavita (pues esta era la señal convenida), atacó el cercado desde fuera, mientras los guechas infiltrados atacaban desde el interior. Guatavita fue incendiada, su cacique fue asesinado, junto con su familia y buena parte de sus súbditos. Nemequene nombró a un hermano suyo como nuevo cacique de Guatavita y dejó allí una guarnición permanente.

 



-      Sometimiento de Ubaque

Tras haber sometido a Guatavita, Nemequene marchó con su ejército contra Ubaque, cuyo asedio duró siete meses, durante los cuales hubo continuas batallas y escaramuzas. Al final, el cacique de Ubaque, preocupado por la penosa situación de su gente ante el hambre y las epidemias provocadas por el asedio, decidió rendirse y pactar la paz con el Zipa. El acuerdo consistió en el total sometimiento de Ubaque, el pago de tributos y el derecho del Zipa a realizar visitas de inspección cada vez que lo estimara conveniente. Además, el cacique de Ubaque cedió al Zipa a sus dos hijas más hermosas como esposas. Nemequene solamente tomó a la mayor, mientras que la menor la dio a su hermano, el nuevo Cacique de Guatavita. Luego estableció una guarnición permanente en Ubaque y se dispuso a regresar a Funza, cargado de un inmenso botín. En Funza se celebraron varios días de fiestas y sacrificios a los dioses, en agradecimiento por las continuas victorias del Zipa.

 

-      Sometimiento de Ubaté, Simijaca y Susa

Los caciques de Ubaté, Simijaca y Susa se habían aliado para hacer frente común contra el Zipa. Sin embargo, no se habían puesto de acuerdo sobre quién de ellos lideraría la alianza, por lo que, cuando Nemequene partió para confrontarlos, éstos se encontraban en completo desacuerdo. En camino a Ubaté, las tropas del Zipa tenían que pasar por el boquerón de Tausa, donde el cacique de Ubaté les tenía preparada una emboscada. Sin embargo, Nemequene hizo pregonar que estaba dispuesto a darle muerte a todos los habitantes de Ubaté, sin perdonar la vida a nadie, por lo que éstos, presas del miedo, huyeron, dejando paso libre al Zipa, quien ocupó la población y obtuvo un cuantioso botín. De inmediato, Nemequene marchó contra Simijaca y Susa, a los que venció sin dificultad, fijando aquellas tierras como frontera con los muzos y anexándolas bajo la jurisdicción de Guatavita. Luego de dejar establecidas guarniciones militares, regresó a la Corte de Bacatá.

 

-      Muerte del cacique de Guatavita y juicio del de Ubaque

Habiendo sabido el nuevo cacique de Guatavita, hermano de Nemequene, que el cacique de Ubaque poseía un gran tesoro, determinó arrebatárselo, para lo cual fue a Ubaque con el pretexto de realizar una visita de inspección, como el Zipa lo había ordenado. Una noche, descubrió el tesoro, que era custodiado por algunos guardias en un peñón junto a la laguna de Ubaque. Al enterarse el Cacique de que le robaban su tesoro, se apresuró con su ejército para sitiar al ladrón. El peñón fue rodeado, y el asedio duró cinco días, hasta que el cacique de Guatavita, desesperado por el hambre, mandó a los que le acompañaban a arrojar el tesoro a la laguna, y luego se abrió paso por entre los enemigos, resultando muerto, junto con los suyos, al ser acribillados con múltiples disparos de flechas. 

 

El cacique de Ubaque, temeroso de que el Zipa tomara represalias por la muerte de su hermano, envió una comisión de embajadores a Nemequene con el mensaje de que le perdonase por lo ocurrido, al haber actuado en legítima defensa de sus bienes. Junto con los embajadores, envió multitud de esclavos cargados de presentes. El Zipa no recibió ninguno de los presentes, sino que mandó que regresasen con ellos a Ubaque, y luego escuchó atentamente el mensaje de los embajadores. Al final mandó comparecer en su presencia al cacique de Ubaque. Este se puso en camino hacia Funza, esta vez llevando como regalo a veinte de las más hermosas doncellas de su provincia, cien cargas de mantas de algodón y muchas más de esmeraldas, oro y plata. Al llegar el cacique de Ubaque a Funza, presentó los regalos que llevaba al Zipa, pero este sólo aceptó una manta por cortesía. Durante el juicio, el Cacique expuso sus razones, y Nemequene dio como veredicto el encierro del Cacique durante siete meses, luego de los cuales fue puesto en libertad y pudo volver a ejercer su cargo en Ubaque. Antes de irse de Funza, el cacique de Ubaque le insistió al Zipa que aceptara sus presentes, pero éste volvió a rechazarlos.

 

-      Batalla de Las Vueltas

Una vez que el Zipazgo estuvo relativamente pacificado, Nemequeme convocó a un Concejo de Uzaques, a los que les expresó su deseo de declarar la guerra contra el Zaque Quemuenchatocha, sucesor de Michuá, pues consideraba una afrenta que el Zaque estuviera a su mismo nivel, y no sometido a su autoridad. Al enterarse del plan de invasión, el Zaque preparó un ejército de cincuenta mil guechas, de los cuales doce mil habían sido enviados por el Sumo Sacerdote de Iraca. Entre tanto, el ejército del Zipa fue organizado así: Zaquesazipa, hermano de Tisquesusa, comandaría la vanguardia del ejército; Tisquesusa iría a la retaguardia, mientras que Nemequene obraría como general en jefe. La batalla definitiva tuvo lugar en el sitio de "Las Vueltas", por donde corre un pequeño arroyo del mismo nombre, y fue sostenida por ambas partes desde el mediodía hasta casi entrada la noche. El ejército del Zipa ya contaba con la victoria, cuando Nemequene, entusiasmado por el ardor del combate, se lanzó al campo contrario, donde fue herido por un dardo en el pecho. La noticia se propagó rápidamente entre sus hombres, pero Zaquesazipa impidió la deserción, ordenando en cambio una retirada cuidadosa. El Zaque Quemuenchatocha regresó satisfecho a Hunza por no haber perdido territorio, mientras que Nemequene fue trasladado, durante cinco días y cinco noches, sin parar, hasta el palacio de Funza, donde fue atendido sin éxito por los chyquy (sacerdotes muiscas) y chamanes. A su muerte, fue sucedido por su sobrino Tisquesusa. 

 

-      Código de Nemequene 

Fue un conjunto de leyes promulgadas por el cacique Nemequene, que contenía los castigos a los principales delitos, como el homicidio, la violación, el incesto, el sodomismo, y el robo. Además daba normas de conducta y de responsabilidad civil y military. Las principales fuentes de información sobre el Código de Nemequene fueron los cronistas españoles Juan de Castellanos (el primero que lo pone por escrito), Fray Pedro Simón y Lucas Fernández de Piedrahita. Buena parte de las normas establecidas por Nemequene permanecieron vigentes incluso después de la Conquista española. En 1676, el cronista Lucas Fernández de Piedrahita declaraba que los muiscas cumplían las normas del Código de Nemequene con tanta exactitud, que aún permanecían parcialmente vigentes, aunque con la imposición de las leyes españolas ya se estaban dejando en el olvido. Por este aporte, el zipa Nemequene fue considerado por los muiscas como el gran legislador después de Bochica.

 

4.     Cuarto Zipazgo

 

Tisquesusa fue el ultimo Zipa de Bacatá según el orden tradicional de sucesión, y el penúltimo de facto. Gobernó durante veinticuatro años, desde 1514 hasta 1538; sucedió en el trono a su tío, Nemequene, y fue sucedido por su hermano Zaquesazipa. Tisquesusa es considerado el último Zipa legítimo, pues fue el último en ocupar el trono por vía de sucesión matrilineal, de tío a sobrino, como dictaba la tradición muisca. Durante su gobierno llegaron los españoles a la Confederación Muisca, al mando de Gonzalo Jiménez de Quesada



A continuación se narran las principales batallas y evntos que tuvo que sortear:

 

-      Marcha contra el Zacazgo

Tras la muerte de Nemequene, Tisquesusa fue a la Laguna Sagrada de Guatavita para cumplir con la ceremonia de entronización; después nombró a su hermano, Zaquesazipa, como general de los ejércitos. Zaquesazipa logró muy pronto someter al cacique de Ubaque, que se quería aliar con el Zaque. Al concluir la ceremonia de El Dorado, Tisquesusa se apresuró a unirse de nuevo a su hermano para emprender un ataque definitivo contra el Zaque Quemuenchatocha, puesto que había jurado vengar la muerte de Nemequene. El Zipa se puso a la cabeza de un ejército de sesenta mil guechas, con los que sometió a los caciques de Cucunubá, Tibirita y Garagoa. Después invadió Sutatenza, territorio del Zaque. A la vanguardia iba el cacique de Guasca, que había sido uno de los generales más ilustres del difunto Zipa Nemequene, y en la retaguardia iba Quixinimpaba, distinguido Uzaque y pariente cercano de Tisquesusa. Advertido el Zaque del ataque que contra él dirigía el nuevo Zipa, reorganizó rápidamente su ejército, al que agregó mercenarios traídos de Vélez, y se dirigió a Turmequé, para enfrentar allí a su adversario.

 

-      Intervención del Iraca

Cuando los dos ejércitos estaban a punto de enfrentarse, llegó un embajador de Suamox (hoy Sogamoso), la tierra santa de los muiscas, con un mensaje del Iraca, el Sumo Sacerdote, al que se consideraba sucesor del legendario Bochica. El Iraca ordenaba a las dos partes pactar una tregua durante veinte lunas (cerca de dos años), mediante una considerable cantidad de oro que debía ser entregada por Quemuenchatocha a Tisquesusa.

 

-      Sometimiento de Ubaté y Susa

Aceptada la tregua por ambas partes, Tisquesusa regresó a Bacatá, dejando a Zaquesazipa el mando sobre veinte mil guechas, con la misión de someter a los caciques de Ubaté y Susa, que se habían rebelado. En el camino, quiso Tisquesusa visitar a Furatena, la poderosa Cacica de los muzos, que era conocida por su sabiduría y hermosura, pero las noticias que le llevó un mensajero le hicieron suspender su viaje.

 

-      Llegada de los españoles

El mensajero que interrumpió la marcha de Tisquesusa le dijo que había sido enviado por el cacique de Suesuca (hoy Suesca), el cual le mandaba a decir que unos extraños hombres de piel blanca y barbas largas, que disparaban truenos y traían consigo unos animales como dioses, nunca antes vistos, se dirigían a las inmediaciones de Nemocón. Algunos años antes, un sacerdote de Ubaque, llamado Popón, le había profetizado a Tisquesusa que moriría «ahogado en su propia sangre» a causa de unos extranjeros venidos de tierras lejanas. Esta profecía hizo que la primera reacción del Zipa, al enterarse de la llegada de los hombres blancos, fuera evitar su contacto a toda costa, a la vez que ordenó que un comando de espías le mantuviese al tanto de todo lo referente a los invasores.

 

-      Zaquesazipa se enfrenta a los españoles

Entre tanto, el general Zaquesazipa se enfrentaba a los españoles, al mando de seiscientos de sus mejores guechas, creyendo que serían suficientes para derrotar a los pocos forasteros. La tropa de Zaquesazipa llegó al pie de la colina que divide Nemocón de Suesca, por el lado del Oriente, cuando ya Quesada había pasado con la vanguardia. En la retaguardia marchaban los españoles enfermos, escoltados por una guardia de caballería a la que atacaron los güechas de Zaquesazipa, llevando en sus espaldas las momias de los guerreros más valerosos que habían muerto en medio de combates, como tenían por costumbre. Los dardos, tiraderas y macanas de los muiscas no hicieron mucho daño a los españoles, que se defendieron hasta que llegaron los refuerzos pedidos a Quesada. Éstos arremetieron contra el escuadrón indígena, aprovechando sobre todo el pánico que causaban los caballos en los guerreros indígenas, causándoles una gran mortandad, hasta que los güechas que quedaban se vieron obligados a huir.

 

-      Refugio del Zipa en Sumungotá

Por consejo de los que le acompañaban, Tisquesusa decidió refugiarse en la fortaleza militar de Sumungotá, también conocida como Busongote, situada a unos 2 kilómetros de Cajicá, al pie de la sierra. La fortaleza estaba rodeada por muros de anchos troncos y cañas entretejidas, de unos 5 metros de altura, cubiertos por un tupido toldo de algodón. La fortaleza medía cinco varas de ancho por dos mil de largo, y adentro había grandes edificaciones que servían como almacenes en los que se guardaban las armas, provisiones y pertrechos.

 

-      Huida del Zipa de Sumungotá

No alcanzó Tisquesusa a instalarse en Sumungotá cuando un nuevo mensajero llegó con la noticia de que su hermano Zaquesazipa, había sido derrotado, aunque seguía con vida, pero los extranjeros, que habían llegado a Nemocón, se habían enterado ya del paradero del Zipa y ahora se dirigían hacia Sumungotá. Fue tal la premura de Tisquesusa ante esta noticia que decidió abandonar la fortaleza de inmediato, partiendo a pie, y no en andas, como era lo acostumbrado. Al día siguiente, los españoles llegaron a Sumungotá y se apoderaron de todas las provisiones que encontraron, incluyendo las andas del Zipa, que estaban hechas de madera fina enchapada en oro con abundantes incrustaciones de plata y esmeraldas. Los españoles estuvieron ocho días instalados en Sumungotá, adonde llegaron en procesión los habitantes de Cajicá, quienes quemaron moque (el incienso de los muiscas) y otras resinas frente a los españoles, pensando que se trataba de dioses, hijos del Sol. También depositaron los indígenas a los pies de los españoles ofrendas de oro, plata y esmeraldas, además de carne de venado y de algunas aves, y finas mantas de algodón. Después, prosiguiendo su camino, los españoles avanzaron hasta Chía.

 

-      Llegada de los españoles a Chía

Chía era conocida como la Ciudad de la Luna y del Linaje de los Zipas. El cacique de Chía, llamado Chiayzaque, sobrino y legítimo sucesor de Tisquesusa, al enterarse de las noticias que llegaban sobre los extraños invasores, decidió huir con toda su Corte. Corrió el rumor de que el Cacique, antes de emprender la huida, escondió sus tesoros en los altos peñascos que hay al oriente del pueblo, en lo que hoy es Yerbabuena, aunque nunca pudieron hallarse. Los españoles llegaron a Chía en tiempo de Semana Santa. Allí recibieron a los embajadores de Suba y Tuna, quienes les ofrecieron mantas, oro y otros regalos, y expresaron tanta sumisión a los españoles, que desde entonces fueron sus mejores aliados entre los muiscas. El cacique de Suba le ofreció a Jiménez de Quesada hospedaje en su cercado, oferta que fue aceptada, puesto que Suba estaba en el camino hacia Funza, capital del Zipazgo.

 

-      Llegada de los españoles a Suba

En Suba estuvieron los españoles ocho días, durante los cuales Jiménez de Quesada le envió continuos mensajes al Zipa, intentando, sin éxito, concertar un encuentro. El Zipa mandaba responder a estas peticiones diciendo que pronto permitiría el encuentro, y le enviaba a los españoles abundantes regalos de carne y mantas, mientras intentaba ganar tiempo, informándose del mayor número de datos sobre los invasores. Durante esos días, el Cacique de Suba enfermó repentinamente, probablemente de gripe, enfermedad desconocida hasta entonces en América, y murió luego de recibir el bautismo, siendo el primer muisca bautizado en la fe católica. Fray Domingo de las Casas, capellán de la expedición, fue el encargado de bautizar al Cacique.

 

-      Desalojo de la población de Funza

Entre tanto, Tisquesusa había llegado apresuradamente a Funza, capital del Zipazgo de Bacatá, donde ordenó el total desalojo de la población para salvaguardarla de los peligros que pudieran sobrevenir con la llegada de los invasores. Todas las tygui (consortes) del Zipa, que eran más de cuatrocientas, fueron las primeras en abandonar la ciudad, y la Corte del Zipa partió hacia Facatativá. Diariamente, el Zipa recibía informes detallados de sus espías sobre los españoles, intentando comprender si se trataba de dioses o de hombres. Como los mensajes informaban que los extranjeros mostraban una desmesurada avidez por apoderarse de todo el oro que encontraban, Tisquesusa ordenó que sus tesoros fueran escondidos de inmediato, haciendo dar muerte a los encargados de esa labor para asegurar el secreto del escondite.

 

-      Llegada de los españoles a Funza

Gonzalo Jiménez de Quesada, exasperado por las continuas dilaciones que ponía el Zipa en sus mensajes, y viendo que éste sólo quería postergar indefinidamente el encuentro, decidió marchar intempestivamente hacia Funza. En el camino los españoles fueron atacados en múltiples ocasiones por hombres fieles a Tisquesusa que, escondidos entre los pantanos, disparaban flechas y les tiraban piedras a los invasores. Además, como en aquel momento el río Bogotá estaba crecido por las lluvias de abril, tuvieron alguna dificultad en pasarlo. Cuando llegaron los españoles a la capital del Zipazgo, no encontraron a nadie, aunque se admiraron de la grandeza de las habitaciones del Zipa, en las que se alojaron. En la relación de los capitanes San Martín y Lebrija se cuenta que en la capital del Zipazgo había muchos templos, que todas las casas eran muy aseadas, ordenadas y amplias. El interior de las construcciones estaba revestido por cañizos de cordeles de múltiples colores que formaban figuras geométricas, de animales y antropomórficas. Una noche, algunos indígenas, probablemente enviados por Tisquesusa, atacaron Funza con flechas encendidas, y aunque los españoles lograron sofocar el incendio, muchas casas alcanzaron a derrumbarse. Habiendo capturado a algunos de los indígenas, éstos le dijeron a Quesada que el Zipa se escondía en Tenaguasá, adonde fueron los españoles con mucho sigilo, pero cuando llegaron, no hallaron a nadie.

 

-      Expedición española de reconocimiento

Habiéndose instalado los españoles en Funza, mandó Quesada dos expediciones para el reconocimiento del territorio. Al capitán Céspedes lo envió en dirección sur, y al capitán de San Martín lo envió hacia el occidente. Cinco días después, llegó el capitán de San Martín, informando que, habiendo bajado la cordillera por el poniente, se había encontrado con los panches, que eran en extremo feroces y belicosos, y que no bastarían los soldados españoles para someterlos. Así se convencieron los españoles de que las noticias que los muiscas les habían dado sobre la ferocidad de los panches no eran exageradas. Entre tanto, el capitán Céspedes recorría el sur, resultando muy afectado por el intenso frío del Páramo de Sumapaz. Por esta parte halló amplios cultivos de papa y manadas de conejos, que nunca había visto tantos. Cuando llegó a Pasca, envió un mensajero a Quesada, informándole que quería atravesar el valle de los sutagaos, en Fusagasugá, para entrar en la tierra de los panches. De inmediato partió el capitán San Martín para reforzarlo, uniéndosele en Tibacuy, en donde hallaron un destacamento de guechas que componían la fuerza permanente del Zipa en la frontera con los panches. 

 

-      Expedición contra los panches

Los guechas de Tibacuy recibieron de buena gana a los españoles, sobre todo cuando se enteraron de que tenían la intención de combatir a los panches, acérrimos enemigos de los muiscas. Sin embargo, los guechas advirtieron a los españoles que los panches comían carne humana y bebían la sangre de sus enemigos. Hechas estas advertencias, partieron los españoles en la vanguardia y los muiscas en la retaguardia, atravesando la sierra que divide el valle de Fusagasugá de las vertientes de los ríos Pati y Apulo. Los españoles protegieron sus armaduras con otras hechas de planchas de algodón compacto, como las de los guerreros muiscas, para protegerse de los dardos envenenados de los panches. Con muchas dificultades lograron vencerlos, resultando heridos seis españoles y tres caballos.

 

-      Los españoles parten hacia el Zacazgo

Después de que regresó la expedición contra los panches, llegaron a Funza unos indígenas cargados de abundantes esmeraldas, a los que Quesada les preguntó sobre el origen de aquellas piedras preciosas. Ellos le contestaron que las traían del nordeste. Entonces, como Quesada estaba desilusionado de no haber hallado el tesoro de Tisquesusa, decidió partir hacia la dirección que le habían indicado. Abandonaron los españoles Bacatá, atravesando Guasuca (actual Guasca), en donde fueron recibidos con veneración; continuaron hacia Guatavita y llegaron a Chocontá, frontera del Zipazgo con el Zacazgo. Allí preguntó Quesada por la morada del Zaque, pero aunque Chocontá era territorio del Zipa, no le quisieron decir nada sobre el paradero de Quemuenchatocha.

 

Llegados los españoles a Turmequé, Quesada encomendó a Pedro Fernández Valenzuela para que buscara las minas de esmeraldas; a los pocos días llegó Valenzuela con la noticia de que había hallado unas minas en Somondoco. Partieron entonces, pasando por Icabuco y el valle de Tenisuca (actual valle de Tensa). Hicieron alto en Garagoa mientras Quesada enviaba al capitán San Martín a traer noticias de los llanos, pensando que quizás serían tierras más ricas y pobladas que las de la cordillera. Diez días después, regresó el capitán con la noticia de que el paso hacia los llanos era impracticable por aquella parte; siguieron entonces el camino hacia el norte hasta que llegaron a Iza, donde se disponían a buscar un nuevo camino que los condujera hacia los llanos. Después de librar dura batalla contra el Cacique Tundama, y de derrotar al Zaque e invadir Suamox (hoy Sogamoso), decidieron los españoles volver a Bacatá.


-      Regreso de los españoles a Bacatá

Una vez de regreso en Bacatá, a finales de 1537, Quesada se instaló de nuevo en el palacio del Zipa, en Funza, en donde hizo el repartimiento del botín recogido en las provincias del Zacazgo. El Quinto Real (la parte destinada a la Corona Española) fue de 40.000 pesos de oro fino, 562 esmeraldas grandes y una cantidad indeterminada de oro de baja ley. A cada soldado de infantería, Quesada le dio 20 pesos; a los de caballería les dio el doble; a los oficiales, el cuádruple; para sí mismo, tomó Quesada siete porciones, y nueve para el Adelantado Lugo, que Quesada tomó para sí luego de enterarse de la muerte de aquel. También se distribuyeron algunas gratificaciones entre quienes se habían distinguido por alguna hazaña en particular. Entre tanto, los partidarios del Zipa habían reanudado los ataques contra los españoles, hasta que éstos lograron capturar a algunos de los atacantes. En seguida los sometieron a tortura, a fin de que confesaran en dónde se escondía el Zipa. Todos murieron sin decir nada, pero el más joven de todos habló y confesó que el Zipa se escondía en el "Cercado de Piedra" de Facatativá (probablemente se trate del lugar conocido en la actualidad como las "Piedras del Tunjo").

 

-      Muerte del Zipa

Quesada partió por la noche hacia Facatativá, acompañado por sus mejores hombres; finalmente, encontraron el campamento del Zipa y emprendieron el ataque de inmediato. Los guechas de Tisquesusa, sorprendidos por el inesperado ataque, lanzaron flechas encendidas contra los españoles para intentar darle tiempo de huir al Zipa, pero, por la confusión del momento, Tisquesusa salió a correr en medio de la oscuridad, entre los matorrales, hasta que el soldado Alonso Domínguez, sin saber que se trataba del Zipa, le atravesó el pecho con una espada. Al ver las ricas vestiduras y accesorios que llevaba, el Domínguez lo despojó de todo, dejándolo desnudo y agonizando, ahogado en su propia sangre. Al día siguiente, los servidores de Tisquesusa encontraron su cuerpo luego de ver gallinazos volando en el sector. Enseguida lo levantaron y se lo llevaron cuidadosamente, dándole sepultura en un lugar desconocido. Entre tanto, los españoles, furiosos por no haber hallado el tesoro de Tisquesusa, sino sólo algunas alhajas propias de la vestimenta diaria, una vasija de oro en la que el Zipa se lavaba las manos y muchos aprovisionamientos de comida, regresaron decepcionados a Funza, y sólo algunos días después se enteraron de que el Zipa había muerto aquella noche. Ante la debilidad de Chiayzaque, cacique de Chía y legítimo sucesor de Tisquesusa, Zaquesazipa asumió el mando del Zipazgo.




 

-      La princesa Usaca

Tisquesusa tenía tres hijos: La princesa Machinza, que era la mayor, el príncipe Hama, y la princesa Usaca, la menor. Cuando el Zipa fue asesinado, los tres príncipes fueron conducidos por sus súbditos en secreto a un pequeño poblado del norte de la Sabana de Bogotá. Cuando los españoles se enteraron, emprendieron el asedio de aquel sitio, bajo el mando del capitán Juan María Cortés. Cuando llegaron, la princesa Usaca salió del cercado, dispuesta a enfrentarse a los españoles. La gran belleza y la actitud altiva de la princesa dejó hondamente impresionado al capitán Cortés, quien de inmediato ordenó detener el asedio. Poco después, el capitán Cortés y la princesa Usaca se casaron y residieron en aquel poblado, que desde entonces fue llamado Usaquén, en honor a la princesa, y que significa "Tierra del Sol". Fray Domingo de las Casas ofició la boda, y el territorio de Usaquén fue asignado como encomienda al capitán Cortés. 

 

Bibliografía

-      Uricoechea, Ezequiel (1871). Gramática de la lengua muisca - Introducción. París

-     Hernández Rodríguez, Guillermo (1949). De los Chibchas a la Colonia y la República. Ediciones Paraninfo Bogotá. 

-      Restrepo, Vicente (1893). Los chibchas antes de la conquista española. Imprenta La Luz, Bogotá.

-      Wikipedia, extractos e imágenes de los zipas

-      Bohórquez Roa, Andrés Camilo: ilustraciones



 

 

Saturday, March 6, 2021

Saucío, vereda legendaria - Segunda Parte

Como continuación del post sobre la vereda de Saucío, en Chocontá (Cundinamarca), publicado en este blog el pasado 20 de febrero, presentamos un relato de importantes acontecimientos ocurridos en esta legendaria vereda antes y después de la conquista española, basándonos principalmente en la tesis doctoral presentada por el sociólogo Orlando Fals-Borda (q.e.p.d.) en la Universidad de La Florida en 1955, en la cual se analizan dichos acontecimientos históricos desde un punto de vista sociológico.


1.     Período indígena 


Hace ya más de 500 años, los indígenas que habitaban la zona que actualmente denominamos Saucío,  vivían de la agricultura y estaban un tanto esparcidos en esa zona; se les denominaba los chocontáes.  A su jefe le llamaban uzaque, y tenía su fortaleza en las colinas de Puebloviejo, unos dos kilómetros al noroeste de Saucío, y estaba a cargo de la defensa de su señor al que denominaban Zipa de Muequetá; lo defendía de los súbditos del Zaque de Hunza

 

El uzaque de Chocontá (término chibcha que significaba “campo plantado del buen aliado”), también gobernaba sobre los indios agricultores que estaban establecidos en las planicies cercanas, denominadas Tablón, Centro y Veracruz y otras áreas que no tenían nombre en esa época. Esa zona era importante por estar entre dos “reinos” muiscas; de hecho, los indígenas se dieron cuenta de la necesidad de construir una vía para facilitar el tránsito de procesiones religiosas en tiempos de paz, e intentaron hacerlo pues los conquistadores encontraron vestigios de una carretera hecha con piedras, que pasaba por Saucío e iba entre la fortaleza de Saucío y la sede del zipazgo de Muequetá (hoy en día Bogotá).

 

De la información más antigua que se ha podido recolectar acerca de Saucío, viene de los años 1490 cuando el Zipa Saguanmachica[1] viajaba con su ejército por esta vía hacia el norte, para enfrentarse a su enemigo Michua, el zaque o cacique de Hunza (hoy Tunja). Un día Michua vio una posición ventajosa frente a los hombres de Saguanmachica que iban hacia el sur, y con el sonido de conchas de caracol convocó a sus guerreros a atacar al bando contrario. Estudios sobre ese terreno encontraron que el lugar donde debió ocurrir el encuentro de los dos bandos debió ser en un punto intermedio entre Veracruz y Saucío. Ambos jefes supremos cayeron en la batalla, y las piedras del camino quedaron bañadas con sangre de los valientes guerreros que iban coronados con flores y hojas en la cabeza. Sin haberse deifinido un ganador de la battalla, los dos ejércitos se retiraron a enterrar a sus muertos y a complacerse con ceremonias que terminaban en borracheras.

 

Después de que Nemequene amasó poder y prestigio considerable, al conquistar las provincias de Guatavita, Ubaque, Simijaca, Susa, Ubaté y algunas otras que estaban alrededor de sus dominios originales, se sintió preparado y fuerte para atacar a las tribus del norte. Quemenchatocha se levantó para defender sus dominios y los ejércitos volvieron a enfrentarse en el punto denominado Las Vueltas, tres kilómetros al norte de Saucío. El destino del imperio chibcha estaba en juego en la segunda batalla. La victoria para Nemequene habría significado la consolidación de todos los pueblos que ocupaban la meseta, en un solo cuerpo o tribu bajo su mando; pero el destino estaba en contra del ambicioso cacique. Mientras tanto, algunos de sus súbditos de confianza lo llevaban en su litera cubierta de plumas, de un lado a otro de la batalla, para animar a sus tropas.

 


Nemequene (que en lenguaje chibcha significa “hueso de oso”) fue herido de muerte por una flecha; sus soldados se pusieron nerviosos cuando vieron a su cacique que se retiraba apresuradamente del campo de batalla de regreso a Muequetá. Alerta Quemenchatocha persiguió implacablemente a sus enemigos hasta que los soldados del zipa encontraron algún refugio en la fortaleza de Puebloviejo. Quemenchatocha continuó reinando en Hunza mientras Tisquesuza sucedió a su tío en Muequetá.

 

Una tregua de quince años hizo posible que esta área de Saucío perdiera parte de su importancia militar y recuperara otras funciones que habían sido descuidadas a causa de la belicosidad. El camino o vía a la que hicimos referencia anteriormente, no solo condujo a los chibchas a la batalla, sino que también canalizó a las masas indígenas hacia el lago sagrado y la población de Guatavita, donde los enemigos tradicionales olvidaron sus disputas y participaron en ritos impresionantes. Guatavita, así como Suamoz al norte, era un crisol del imperio muisca donde todos los indios chibchas estaban unidos en un solo cuerpo religioso. El valle de Saucío presenciaba una o dos veces al año el paso de peregrinos que venían desde lugares apartados del norte del imperio chibcha, e iban a ver al “Hombre Dorado” mientras adoraba, en pomposa ceremonia, a la deidad del agua (la laguna) donde yacía una cacica infiel. Los muiscas tenían una leyenda acerca de la esposa de un cacique que había sido infiel y fue castigada presenciando cómo a su amante le perforaron la cabeza con un instrumento afilado, y su cabeza fue empalada en una pica y exhibida a la vista de todos; la cacica mató a su hijo y luego se suicidó, pero su espíritu habitaba en la laguna en la forma de una culebra.

 

La vereda de Saucío tuvo el privilegio de ser a la vez un puesto de avanzada del zipa, un destacado campo de batalla, y también un lugar de parada o descanso, tanto para peregrinos como para comerciantes. De esta manera los antepasados ​​de los Saucitas, viviendo en el corazón del imperio Chibcha, fueron testigos del desarrollo del estilo de vida indígena en todo su esplendor. De otra parte, las cosechas le habían dado a esta área una identidad, una importancia tribal y una historia gloriosa; pero también esta zona de Saucío presenció la arrasadora ocupación hispana que ocurrió trágica e inesperadamente a comienzos de 1537.

 

Además, por Saucío pasaba el camino o vía de la cual hemos estado hablando, que era a la vez la médula espinal de las ceremonias religiosas que se realizaban en las llanuras cercanas. También había un camino de piedras pulidas que conducía desde el recinto donde habitaba el zaque hasta un cerro estratégicamente ubicado en la vereda, llamado Arrayanes, donde se habían labrado algunas rocas que servían de lugares de sacrificio o inmolación. Tanto la época de la siembra, como el tiempo de la cosecha, eran ocasiones para realizar procesiones majestuosas y festividades presididas por sacerdotes llamados xeques.

 


2.     Período de la Conquista

 

Los primeros rumores acerca de la llegada de los españoles al territorio de los muiscas hablaban de unos seres extraños que eran capaces de correr más rápido que los mejores atletas locales; esos seres hablaban lenguas extrañas, tenían barba y piel blanca. Los indígenas adoptaron la creencia de que los recién llegados eran "hijos del sol" (suagagua). Cuando los suagagua llegaron a Suesca, unos 30 kilómetros al sur de Saucío, las delegaciones indígenas de los alrededores les trajeron todo tipo de ofrendas.

 

Pero esta admiración inicial por los españoles duró poco. Tisquesuza había recuperado con éxito a sus súbditos después del primer momento de estupor que tuvieron, y les había inyectado el sentido de resistencia. Como consecuencia, se habían librado dos batallas, una en los grandes bodegas de Cajicá, y  otra en la misma Muequetá, en las cuales el palacio y el templo reales habían sido quemados y los ídolos habían sido derribados. En su lugar, los españoles colocaron dos palos cruzados, señal que usaban los chibchas para identificar las tumbas de los mordidos por serpientes.

 


Al observar la codicia de los conquistadores por el oro y las piedras preciosas, el Zipa Tisquesuza le informó hábilmente a Quesada sobre la existencia de una mina de esmeraldas en Somondoco, ubicada a unos 48 kilómetros al este de Saucío; el Zipa le indicó que siguiera el camino hasta Chocontá, y que allí su uzaque “lo llevaría al sitio". Los españoles se apresuraron a ir hacia el norte, llegando a la región señalada el día de Pentecostés, a principios de junio de 1537. Pero ese camino había puesto al descubierto a los “semidioses” españoles, ya que tanto los hombres como los caballos de Quesada fueron despojados de su divinidad. Los chocontáes, que ya no adoraron más a los barbudos, fueron lo suficientemente valientes como para protagonizar uno de los episodios más insólitos de la conquista. Sucedió que una noche las sirvientas de los españoles le agregaron a la comida que les prepararon, una hoja que se llama tectec, ahora llamada “borrachero” por los saucitas. Las mujeres huyeron, y luego de que los efectos de la tectec fueron neutralizados, los conquistadores enfurecidos buscaron venganza robando a la gente local sus pertenencias.

 

Los cambios llegaron rápido y los chocontáes, a pesar de su aparente tenacidad cultural, sintieron la necesidad de detenerse para admirar lo nuevo. ¿Cómo consiguieron los españoles tantas esmeraldas en tan poco tiempo? Los indios miraban con curiosidad como los españoles obtuvieron buenos resultados con los azadones que usaban para extraer la dura calcitea, incluso cuando no llovió. Los chocontáes adoptaron con entusiasmo herramientas útiles, como el azadón de hierro, cultivos como el ajo , y las técnicas para el curtido de pieles. Pero la vereda no se convirtió en un verdadero camino real, hasta cuando llegó el primer vehículo con ruedas que se abrió paso con un chirrido hacia las llanuras. Este hecho hizo época cuando llegó, pues con la rueda vino el arado; con el arado, los bueyes y otros bovinos, ovinos y porcinos.

 


El camino real también trajo un nuevo sistema sociopolítico. Con los zipas y zaques desaparecidos, los chocontáes cayeron bajo la tutela directa de su uzaque, ahora llamado por los españoles con la palabra haitiana cacique, quien a su vez rindió homenaje a los miembros de la raza conquistadora. Apenas se formó un nuevo gobierno en los viejos jardines del zipa en Teusaquillo (que había sido bautizado como Santa Fe de Bogotá el 8 de agosto de 1538), cuando el primer encomendero tomó el camino hacia los llanos de Saucío y Chocontá; se llamaba Cristóbal Ruiz, el mismo soldado que había sido la primera y más grave víctima del tectec.

 

Alonso Luis de Lugo, el gobernador del Nuevo Reino de Granada (el territorio central de la actual Colombia), quien reemplazó a Gonzalo Suárez Rendón en 1542, envió a Cristóbal Ruiz a la costa como Superintendente de la Real Hacienda. A su regreso a Santa Fe dos años después, Ruiz encontró que uno de sus compañeros de armas, don Andrés Vásquez de Molina, había recibido la encomienda de Chocontá. Molina había viajado por el camino real a Chocontá, quizás para demostrar, según la ley, la propiedad de cinco años como residente de la tierra que también le fue otorgada durante el mismo período. Además, Molina había elegido para él una concubina india. La mayoría de las mujeres indias no eran tan antagónicas con los españoles como las que habían servido tectec en Puebloviejo. El matrimonio y la unión entre ambas comunidades se hicieron prominentes cuando una parte de la comunidad india se convirtió en una aldea colonial.

 

3.     Período Colonial

 

Un nuevo pueblo, que tomó el nombre de Chocontá en honor al cacique tradicional, se estableció en el lado este del río donde aún se encuentra. Chocontá con su nueva iglesia, casa del cabildo o cabildo indio, y su plaza fue diseñada para ser una reducción de indios, es decir, un pueblo que ocupaban exclusivamente los chocontáes de los alrededores. Estaba prohibido que los encomenderos y los españoles en general vivieran con estos indígenas en el nuevo asentamiento, pero ellos encontraron muchas formas de eludir la ley. Así  como Molina lo hizo, los encomenderos que lo sucedieron aparentemente cumplían formalmente las reglas, pero las rompán cuando les era conveniente. Desde Gabriel de Limpias Feijóo en 1583 hasta Don Luis Londoño en 1776, los encomenderos de Chocontá presidieron y fueron partícipes activos de una mezcla racial de blanco e indio.

 

No obstante, los encomenderos de Choncotá continuaron cumpliendo con su obligación en cuanto al bienestar espiritual de sus indígenas. Vásquez de Molina patrocinó la llegada de los primeros sacerdotes de los chocontáes, Fray Antonio de Miranda y Fray Pedro del Olmo, ambos dominicos. Y también se sabe que Fray Pedro de Aguado, el primer cronista del Nuevo Imperio, fue ministróo de los indios de Molina en algún momento durante la década de 1560. Los dominicos, sin embargo, recibieron al nuevo pueblo como una de sus misiones oficiales en territorio chibcha, y fueron los supervisores espirituales de Chocontá hasta tiempos muy recientes. Hicieron todo lo posible por aplicar las numerosas directivas reales que pedían la concentración de nativos en reducciones con fines de formación religiosa y civil. Al parecer, Chocontá creció a medida que pasaba el tiempo, y después de que se utilizaran métodos persuasivos para obligar a los chocontáes a trasladarse del campo a la nueva ciudad.

 

Pero a pesar de las órdenes de las autoridades religiosas y civiles, parecía que no todos los chocontáes llegaron a vivir en la reducción. Muchos nativos permanecieron esparcidos por la tierra que habían cultivado tradicionalmente, aunque a menudo se trasladaban a la nueva ciudad para la formación esencial en el cristianismo. Fue por esta resistencia que se empezaron a formar algunas agrupaciones de localidades en la zona de Chocontá. La vereda de Saucío parece haberse formado por algunos de esos chocontáes que se negaron a trasladarse al nuevo pueblo y lograron quedarse en el llano. Quizás fue durante esta primera etapa colonial cuando estos llanos fueron bautizados como "Saucío" por los españoles. Se desarrolló entonces un caserío junto a la carretera para este resguardo indígena de Saucío. Algunos documentos del siglo dieciocho se referían a Saucío como un pueblo y explicaban que allí periódicamente se recaudaban diezmos de los indios. Aparentemente se trataba del mismo caserío que aún permanece en medio de la llanura del Saucío, donde confluyen los senderos principales y la Carretera Central, y donde actualmente se ubican dos tiendas y una escuela. 

 

Así, los indígenas de Saucío parecen haber estado en posesión de la tierra de estas llanuras durante todo el período colonial. Mientras los elementos humanos se acomodaban a las nuevas condiciones, el camino real se convirtió en un instrumento de dominación por parte de los señores españoles. La vereda ya no era el sitio de la derrota militar, ni el lugar religioso y comercial que unía a los muiscas en una sola nación. Es cierto que el camino facilitó esos contactos a partir de los cuales las dos culturas, la europea y la india, crecieron juntas y se desarrollaron en una nueva forma mestiza.

 

El camino condujo a los indios de Saucío a los mercados de Chocontá donde rápidamente aprendieron español; los condujo hacia las haciendas cercanas, donde los indígenas aprendieron nuevas formas de cultivo y trabajaron para pagar sus deudas; el camino condujo a los indios a las iglesias de adoctrinamiento, que tocan campanas para atraerlos a que adoptaron el cristianismo; el camino les indicaba el camino hacia la casa de los corregidores (supervisores de asuntos indígenas) y tribunales donde debían depositarse los tributos. El camino real tuvo usos muy concretos, todos relacionados con lo local y lo inmediato. 

 

La comunidad no podía ser abandonada, salvo en casos de expediciones militares, por mitas (trabajos forzados), o por el servicio personal de un español viajero. Los Chocontáes que se quedaron y aguantaron fueron por regla general sometidos bajo el nuevo yugo, ya que no pudieron huir de los españoles hacia los páramos del norte o del este; los que pudieron permanecer en las laderas mientras sus hermanos más valientes se instalaban cerca dal abismo de la montaña Choque. Los Chocontáes fueron quienes, por algún tipo de determinismo psicológico, se aferraron al camino local por lo que éste representaba: un pasado glorioso, un presente esperanzador, y tal vez un futuro enigmático.

 

Pero, ¿por qué querrían los indios salir del valle del Saucío, si no se ejercía sobre ellos, como antes, la influencia de otras regiones? Zorocotá y Turmequé no celebraron más mercados tribales; se habían quemado los panteones de Suamoz y Guatavita; Hunzáes y Muequetáes habían fraternizado bajo la férula de un Padre Blanco. Solo fue hasta la década de 1590 cuando se desarrolló el culto a Nuestra Señora de Chiquinquirá que se comenzó a romper las barreras locales y a atraer a los peregrinos, aquellos que antes estaban acostumbrados a ir a Guatavita, de todas partes del territorio muisca. 

 

Los chocontáes que permanecieron en las llanuras del Saucío no tuvieron más remedio que estar atados a las parcelas de tierra que los Armendaris reconocieron como suyos; alejarse de la tierra o perderla era casi el equivalente a una sentencia de muerte. Aquellos indígenas que intentaron liberarse del camino y de lo que simbolizaba y que finalmente huyeron de Saucío, o los infelices que fueron desplazados por los blancos, fueron marginados que tuvieron que asentarse en tierras marginales y aisladas. Por lo general, esas tierras se encontraban a mayor altitud, donde el suelo no era rico, o donde el clima era un obstáculo para el crecimiento de las plantas.

 

Incluso aquellos que eligieron permanecer en la tierra de sus antepasados, aunque físicamente esclavizados, parecían ser espiritualmente altivos; no fue fácil erradicar a los dioses paganos, por ejemplo. Muchos valores religiosos se trasladaron del culto a Bochica, al cristianismo. Los niños moja ya no se llevaban en el suna como regalos al sol, sino que se llevaban objetos sagrados de los indios, con la misma devoción que la imagen de San Isidoro.

 

4.     Rebelión de los Comuneros

 

En 1781 un “volcán” cobró vida y la gente del campo hizo erupción debido al descontento y la nostalgia que habían estado reprimidas. Llegaron noticias a Saucío sobre Ambrosio Pisco, un descendiente de la zipa, que había unido fuerzas en Socorro con unos rebeldes que protestaban por los impuestos, y fueron llamados “los comuneros”. Pisco había sido proclamado señor de Chía y rey ​​de Bogotá. Este movimiento nativista conmovió a los chocontáes y se reclutó un grupo de combate, probablemente en mayo, para marchar con Pisco hacia la capital de su supuesto reino. Los indios de Chocontá, altivos y pendencieros ... bebedores empedernidos, tomaron el camino de Zipaquirá para unirse a las fuerzas principales. Un mes después regresaron con una promesa por escrito de que se aliviaría su problema (principalmente de impuestos); pero la promesa no se cumplió. Los chocontáes volvieron a trabajar las tierras de su reservación para contratarse a los señores locales y pagarles los habituales tributos. Los indios de Saucío, como todos los demás, volvieron a ser los sirvientes cegadores del camino real.


 

Su participación en la Rebelión de los Comuneros fue bastante reticente, y según su testimonio involuntaria. Originalmente se propuso apoyar a la fuerza expedicionaria enviada desde Santafé para detener el avance de los sublevados, pero la derrota de esta última en Puente Real (hoy Puente Nacional, Santander) el 7 de mayo de 1781 y las amenazas proferidas por los capitanes  de los “comuneros” le condujeron a adherirse a estos últimos. Trató de escapar de la presión de los líderes Comuneros e intentó dirigirse a Santafé, pero en el Boquerón de Simijaca los indígenas le aclamaron como su líder. Asumió sin mucho entusiasmo su nuevo rol político, y se le declaró “Príncipe de Bogotá” y “Señor de Chía”, acción que junto al hecho de haber percibido tributos de los indígenas fueron el núcleo de la acusación de traición que se entabló en su contra.

 

El evento más celebre en el que Pisco participó durante la rebelión se produjo poco antes de la firma de las Capitulaciones en Zipaquirá, sucedida el 6 de junio de 1781. El 31 de mayo, el líder comunero Francisco Berbeo (ca.1739-1795) le ordenó que con los cinco mil indígenas que le seguían se dirigiera a las cercanías de Santafé, para evitar la entrada a la ciudad de otros sublevados que pudieran causar desórdenes. Sin embargo, esta acción no llegó a realizarse, y bien pudo ser una estratagema de Berbeo para forzar a las autoridades a ceder a las peticiones estipuladas en las Capitulaciones.

 

Pisco abogó para que los indígenas de la Provincia de Santafé recuperaran el manejo de las minas de sal de Nemocón, lo que implicaba que se anulara el monopolio estatal  establecido sobre dicho producto en 1777, lo que posteriormente negó rotundamente. La acción más violenta en que participaron sus seguidores (1º de septiembre de 1781) consistió en el incendio de la morada del administrador de las minas de sal en dicha población, acontecimiento que condujo a la ejecución de varios de los implicados y al encarcelamiento de Ambrosio Pisco. Esta acción cuestionó el principio de amnistía que se había establecido en las Capitulaciones de Zipaquirá, las cuales fueron anuladas poco después (7 de septiembre) por un despacho enviado desde Cartagena por el Virrey Manuel Antonio Flórez (ca.1722-1799).

 


Las acusaciones en contra de Ambrosio Pisco pudieron haberle conducido al cadalso, sin embargo, fue indultado en 1782 por el Arzobispo Virrey Antonio Caballero y Góngora (1723-1796), sucesor de Flórez. Aunque Caballero no lo consideraba un sedicioso, y reconocía su papel en la pacificación de los indígenas, por razones políticas no podía permitir su presencia en las cercanías de Santafé y las provincias sublevadas. Fue exiliado a Cartagena donde se encontraba a la hora de su muerte, acontecimiento reportado por el Arzobispo Virrey a las autoridades metropolitanas en una misiva datada el 31 de enero de 1785. 

 

Si bien Ambrosio Pisco fue el jefe nominal de los indígenas involucrados en la Rebelión de los Comuneros, asumió su rol de forma bastante reticente y estuvo siempre a la merced de otros actores partícipes de los acontecimientos. Según John Leddy Phelan, para los criollos que dirigían el movimiento de los comuneros, “Ambrosio Pisco era un candidato ideal a la jefatura de los indios. Estos lo aceptaban con entusiasmo; era un indio hispanizado sin verdadero ímpetu político, y de hecho demostró ser un instrumento maleable para encauzar la cólera de los indios”. Margarita González opina que el interés de los criollos por establecer a Pisco como líder de las poblaciones indígenas, de manera que pudiera ejercer como su interlocutor frente a las autoridades, tenía una racionalidad económica que se manifiesta en el séptimo punto de las Capitulaciones firmadas en Zipaquirá. 

 

Al final de éstas capitulaciones se estipulaba que “los indios que se hallen ausentes del pueblo que obtenían, cuyo resguardo no se haya vendido ni permutado, sean devueltos a sus tierras de inmemorial posesión, y que todos los resguardos que de presente posean les queden no sólo en el uso, sino en cabal propiedad para poder usar de ellos como tales dueños”. Al dejar de ser los resguardos una propiedad comunal e inalienable, convirtiéndose en propiedad privada de los indígenas, estos podrían haberse dividido y vendido a los mestizos y criollos ávidos de tierras.  Ambrosio Pisco fue un líder reticente que si bien en algunos casos pudo velar por el interés de sus seguidores, como en lo referido a la derogación del monopolio sobre las salinas, en otros, como en la “privatización” de los resguardos, fue agente de intereses de otros actores de la sociedad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 



[1] Fals-Borda, Orlando (1955). Campesinos de los Andes, Imprenta de la Universidad de La Florida